Donde hoy hay juegos y puestos en Parque Los Andes hubo un cementerio. Debajo de los bancos de Plaza Primero de Mayo todavía quedan huesos. Y en Parque Ameghino, donde hoy corren los chicos, se enterró a miles de víctimas de la fiebre amarilla.
Buenos Aires tapó a sus muertos con pasto, juegos y senderos, pero no siempre logró sacarlos. Cada tanto, una obra los devuelve a la superficie.
Esta es la historia de los cementerios que la ciudad todavía conserva (Recoleta, Chacarita, Flores, el Británico y el Alemán) y de los que intentó borrar: sus tumbas más famosas, sus leyendas y lo que de verdad quedó enterrado debajo de algunos de los parques más concurridos de la ciudad.
El Cementerio de la Recoleta fue inaugurado en 1822 sobre la antigua huerta de los monjes recoletos. Fue el primer cementerio público de Buenos Aires y su trazado original estuvo a cargo del ingeniero francés Próspero Catelin.
En apenas cinco hectáreas reúne más de 4500 bóvedas. Hay templos griegos, construcciones neogóticas, vitrales, ángeles de mármol, pirámides egipcias y esculturas encargadas a importantes artistas argentinos y europeos. Más de 90 bóvedas fueron declaradas Monumento Histórico Nacional.
Recoleta también refleja el poder de las familias que hicieron fortuna durante el siglo XIX. Mientras Buenos Aires se expandía hacia el norte, sus apellidos comenzaron a competir por construir el mausoleo más impactante.
Entre sus tumbas más visitadas se encuentran las de Eva Perón, Domingo Faustino Sarmiento, Raúl Alfonsín, Luis Federico Leloir, Adolfo Bioy Casares y Remedios de Escalada.
Para organizar una visita se puede consultar nuestra guía completa del Cementerio de la Recoleta, con horarios, entradas, recorridos y las principales bóvedas.

Rufina Cambaceres murió repentinamente en 1902, el día en que cumplía 19 años. Años después comenzó a circular la historia de que había sufrido un ataque de catalepsia y despertó dentro de su ataúd.
Según la leyenda, el féretro apareció desplazado y, al abrirlo, encontraron marcas de uñas en su rostro y en el interior del cajón. También se dice que desde entonces una joven vestida de blanco aparece cerca de las puertas del cementerio.
No existe ninguna prueba de que haya sido enterrada con vida. Todo lo demás pertenece al folclore porteño.
Su bóveda, de estilo Art Nouveau, muestra a Rufina frente a una puerta de piedra, con una mano cerca del picaporte. La imagen terminó alimentando todavía más la historia.
Liliana Crociati de Szaszak tenía 26 años cuando murió en 1970, tras una avalancha en los Alpes austríacos.
Sus padres levantaron una tumba neogótica y colocaron en la entrada una escultura de bronce de Liliana vestida de novia, acompañada por su perro Sabú.
El hocico del animal está desgastado porque muchos visitantes lo acarician para atraer buena suerte. Una leyenda asegura que Sabú murió en Buenos Aires el mismo día que su dueña en Austria. En realidad, el perro vivió muchos años más y murió por causas naturales.
Las esculturas de Salvador María del Carril y Tiburcia Domínguez se encuentran en el mismo monumento, pero miran en direcciones contrarias.
El gesto fue interpretado como la continuación eterna de un matrimonio atravesado por discusiones, gastos, deudas y décadas de distanciamiento. La versión más conocida sostiene que Tiburcia pidió expresamente que su figura no mirara a la de su marido.
Sea completamente cierta o no, la escena convirtió a la tumba en una de las representaciones más famosas del rencor conyugal porteño.
Con 95 hectáreas, Chacarita es el cementerio más grande de Buenos Aires y uno de los más extensos del mundo.
El predio actual fue inaugurado en diciembre de 1886 con el nombre de Cementerio del Oeste. Sin embargo, su origen se encuentra quince años antes y a unas pocas cuadras de distancia, durante la peor epidemia de la historia porteña.
En 1871, la fiebre amarilla desbordó los cementerios existentes. La ciudad improvisó entonces un nuevo enterratorio en el terreno que hoy ocupa Parque Los Andes.
La cantidad de muertos llegó a ser tan grande que el Ferrocarril del Oeste habilitó una línea de emergencia por la actual avenida Corrientes, con cabecera a la altura de Pueyrredón. Sus convoyes llevaban únicamente ataúdes hacia Chacarita, y los porteños lo bautizaron “el tren de la muerte”.
Aquel primer cementerio terminó colapsado y fue reemplazado por el actual, diseñado por Juan Antonio Buschiazzo como una verdadera ciudad: diagonales, avenidas internas, capillas, panteones, galerías y un enorme peristilo neoclásico de 24 columnas.

La tumba de Carlos Gardel es uno de los puntos más visitados de Chacarita.
Una escultura de tamaño natural lo representa de pie, sonriente y vestido de traje. Su mano derecha permanece preparada para sostener un cigarrillo, y los admiradores se encargan de que casi nunca le falte uno encendido.
La tradición continúa desde hace décadas. Cada 24 de junio, aniversario de su muerte, la tumba vuelve a llenarse de flores, homenajes, música y visitantes.
En Chacarita también descansan Alfonsina Storni, Roberto Arlt, Aníbal Troilo, Osvaldo Pugliese, Roberto Goyeneche, Benito Quinquela Martín, Luis Sandrini, Gilda, Pappo, Gustavo Cerati y el Premio Nobel Bernardo Houssay, entre muchas otras figuras.
Uno de los sectores más impresionantes de Chacarita casi no se ve desde la superficie.
Durante las décadas de 1940 y 1950, la falta de espacio llevó a construir el Sexto Panteón: nueve galerías de nichos que descienden debajo de un gran paisaje de césped, árboles y estructuras de hormigón.
El proyecto fue dirigido por la arquitecta Ítala Fulvia Villa y contó con la participación de un joven Clorindo Testa.
En lugar de crear un subsuelo completamente oscuro, el diseño incorporó patios y entradas de luz natural. Desde arriba parece un parque modernista. Al bajar, aparece una ciudad funeraria de pasillos, sombras, vegetación y miles de nichos.
Chacarita también conserva el único crematorio que continúa prestando servicio en la ciudad. La primera cremación se realizó allí en 1904.
El Cementerio San José de Flores suele quedar afuera de los recorridos turísticos, pero su historia comenzó incluso antes que la de Recoleta.
El pueblo de Flores tuvo su primer cementerio en 1807, junto a la iglesia del barrio. En 1832 se trasladó a un terreno donado por la familia de Esteban Villanueva y en 1867 pasó a depender de la Municipalidad.
Hoy ocupa 25 hectáreas entre Varela y Balbastro. Su arquitectura combina el antiguo peristilo, galerías de nichos, mausoleos familiares, panteones de colectividades y un sector de cementerio parque inaugurado en 1979.
Allí descansan el payador Gabino Ezeiza; José Antonio Melián, combatiente de las Invasiones Inglesas y la Independencia; el historiador Rómulo Carbia y diferentes figuras vinculadas con la historia del oeste porteño.
Entre 1900 y 1910 también fueron sepultados allí algunos de los primeros integrantes de la comunidad judía autorizados a tener una tumba en Buenos Aires, antes de la apertura del Cementerio Israelita de Liniers.
Otro detalle particular aparece en los colores de muchas sepulturas. Escudos, camisetas, placas y pequeños altares muestran que la identidad futbolera de los porteños puede acompañarlos hasta el final.
Durante buena parte del siglo XIX, quienes no profesaban la religión católica eran denominados “disidentes” y no podían ser enterrados en los mismos espacios que los católicos.
El primer Cementerio Protestante funcionó desde 1821 junto a la iglesia del Socorro, en la zona de Juncal y Suipacha. Nació del reclamo de las comunidades británica, alemana y norteamericana, que necesitaban un lugar donde enterrar a sus muertos respetando sus creencias. Cuando quedó sin capacidad, fue reemplazado en 1833 por el Cementerio de Victoria, ubicado donde hoy se encuentra la Plaza Primero de Mayo. Hoy casi nada en la zona del Socorro permite reconocer aquel primer enterratorio.
En 1892, las comunidades británica, alemana y norteamericana se trasladaron a un nuevo terreno junto a Chacarita.
El Cementerio Británico conserva tumbas de personas fundamentales para comprender la formación de la Argentina moderna:
También conserva monumentos trasladados desde el antiguo Cementerio de Victoria y un memorial dedicado a los voluntarios británicos y argentinos que murieron durante las dos guerras mundiales.
El Cementerio Alemán comparte su origen con el Británico. Ambos comenzaron a funcionar en Chacarita en 1892 como sectores de un mismo Cementerio de Disidentes, con una capilla protestante en común.
En 1915, en plena Primera Guerra Mundial, las administraciones se separaron y el Cementerio Alemán pasó a funcionar de manera autónoma. Primero un alambrado y después un muro dividieron ambos sectores.
Un siglo más tarde, esa separación se transformó en un símbolo de reconciliación. El 11 de noviembre de 2018, en el centenario del armisticio que terminó con la Primera Guerra Mundial, se inauguró un portón ceremonial que volvió a comunicar los dos cementerios, en un acto encabezado por los embajadores de Alemania y el Reino Unido.
Su monumental pórtico y su capilla fueron proyectados por el arquitecto Juan Kronfuss y actualmente están protegidos como patrimonio histórico.
Una de sus sepulturas más conocidas es la del capitán Hans Langsdorff, comandante del acorazado Admiral Graf Spee. Después de ordenar el hundimiento del barco frente a Montevideo para evitar nuevas muertes entre su tripulación, Langsdorff se suicidó en Buenos Aires en diciembre de 1939.
Su tumba continúa siendo escenario de homenajes de antiguos tripulantes, familiares y descendientes de los marinos que permanecieron en Argentina.
El parque ubicado frente al Hospital Muñiz, en Parque Patricios, fue el Cementerio del Sur.
El enterratorio recibió a las víctimas del cólera de 1867, la fiebre tifoidea de 1869 y la fiebre amarilla de 1871. Durante esta última epidemia quedó completamente desbordado.
En el centro del parque todavía se levanta el Monumento a las Víctimas de la Fiebre Amarilla. Es la gran pista visible de lo que ocurrió en ese terreno.
La obra recuerda a médicos, enfermeros, sacerdotes, integrantes de la Comisión Popular y trabajadores que murieron mientras atendían a los enfermos. A su alrededor, donde actualmente hay árboles, senderos y juegos, se extendían las sepulturas del Cementerio del Sur.
Parte del actual Parque Los Andes funcionó como cementerio desde la epidemia de fiebre amarilla de 1871.
Cuando el terreno quedó sin capacidad, los cuerpos fueron exhumados y trasladados al osario general del nuevo Cementerio de la Chacarita.
Sin embargo, el traslado no fue perfecto. Hacia 1930, durante la construcción del taller Rancagua de la Línea B del subte, aparecieron restos humanos pertenecientes al antiguo cementerio.
Ese taller sigue funcionando debajo del parque y se usa para el mantenimiento y el guardado de formaciones. Sobre la superficie continúan los juegos, los puestos, los árboles y los santuarios populares.
La Plaza Primero de Mayo ocupa parte del terreno del antiguo Cementerio Protestante de Victoria, que funcionó en Balvanera desde 1833 hasta fines del siglo XIX.
El lugar estaba dividido en sectores británicos, alemanes y norteamericanos. Allí eran enterrados protestantes, personas de otras religiones y extranjeros que no podían recibir sepultura en los cementerios católicos.
Cuando el cementerio fue trasladado a Chacarita, numerosas lápidas, monumentos y restos fueron llevados al nuevo predio. El proceso terminó recién en 1923, y la plaza se inauguró en 1928.
Pero no todo salió de Balvanera.
En 2006, mientras se cavaban pozos de drenaje para remodelar la plaza, los obreros encontraron la lápida de una joven alemana muerta en 1866. La excavación arqueológica que siguió sacó a la luz restos óseos, botellas, cuentas de collar y otros objetos, y confirmó que parte del antiguo cementerio todavía permanece debajo del espacio verde.
Muchos cuerpos nunca fueron reclamados ni trasladados. Uno de ellos es el de Elizabeth Chitty de Brown, esposa del almirante Guillermo Brown, a quien desde 2022 recuerda una placa en la plaza.
No. Es una confusión bastante común, posiblemente por la cercanía con Recoleta y por la historia oscura del lugar.
En el terreno de Parque Las Heras funcionó la Penitenciaría Nacional entre 1877 y 1962. El enorme edificio tenía pabellones, talleres, patios, una capilla y muros que ocupaban casi toda la superficie del parque actual.
Allí fue fusilado el general Juan José Valle el 12 de junio de 1956. El sitio fue declarado Lugar Histórico Nacional y una señalización recuerda el lugar de la ejecución.
Cuando la penitenciaría fue demolida, buena parte de sus cimientos quedó enterrada. Investigaciones arqueológicas posteriores encontraron estructuras y restos del antiguo edificio debajo del césped.
Parque Las Heras está construido sobre un lugar cargado de muerte y encierro, pero nunca fue un cementerio.
Los cementerios mezclan documentos históricos con relatos repetidos durante generaciones. Conviene separar ambos mundos:
Todos siguen siendo espacios funerarios en funcionamiento. Las visitas deben realizarse en silencio, sin ingresar en bóvedas ni interrumpir ceremonias.
¿Cuántos cementerios públicos tiene la Ciudad de Buenos Aires?
Tres: Recoleta, Chacarita y San José de Flores. Además funcionan los cementerios privados Británico y Alemán.
¿Cuál es el cementerio más grande de Buenos Aires?
El Cementerio de la Chacarita, con 95 hectáreas.
¿Cuál es el cementerio más antiguo?
Recoleta es el primer cementerio público de la ciudad, inaugurado en 1822. El de Flores tiene antecedentes desde 1807, cuando Flores todavía era un pueblo separado de la ciudad.
¿Qué cementerio había en Parque Los Andes?
El primer Cementerio de la Chacarita, abierto durante la epidemia de fiebre amarilla de 1871.
¿Qué cementerio había en Parque Ameghino?
El Cementerio del Sur, donde fueron enterradas víctimas del cólera, la fiebre tifoidea y la fiebre amarilla.
¿Todavía quedan cuerpos debajo de las plazas?
Sí, en algunos casos. Hubo hallazgos documentados en Parque Los Andes y Plaza Primero de Mayo, pero no se sabe cuántos restos permanecen.
¿Parque Las Heras fue un cementerio?
No. Allí funcionó la Penitenciaría Nacional entre 1877 y 1962.
¿Dónde están enterrados Carlos Gardel y Eva Perón?
Gardel, en el Cementerio de la Chacarita. Eva Perón, en la bóveda de la familia Duarte, en el Cementerio de la Recoleta.
¿Se pueden visitar gratis?
Chacarita y Flores tienen ingreso gratuito. Recoleta es gratuita para residentes argentinos con DNI y paga para turistas extranjeros. Los cementerios Británico y Alemán tienen sus propias condiciones de visita.
La ciudad intentó trasladar, ordenar y cubrir sus antiguos cementerios. Nunca consiguió borrarlos por completo. A veces la historia reaparece en una excavación; otras, en una estatua de mármol, un cigarrillo encendido o una placa que casi nadie se detiene a leer.





