Cuando comenzaron a excavar los cimientos de la Biblioteca Nacional, las máquinas encontraron restos de un gliptodonte. En ese mismo terreno había muerto Eva Perón dos décadas antes. Y el hombre que había reclamado una nueva sede para la institución, Jorge Luis Borges, murió sin verla terminada.
Antes de dirigirla, Borges había pasado nueve años como empleado en una biblioteca municipal de Boedo. Catalogaba tan rápido que un compañero le pidió que aflojara porque estaba dejando mal parados a los demás. En ese trabajo escribió “La biblioteca de Babel”, el cuento sobre una biblioteca infinita que contiene todos los libros posibles.
Escritores ciegos, palacios demolidos, manuscritos medievales, una noche en la que ardieron miles de libros y un regalo de Albert Einstein guardado en Recoleta: todo eso forma parte de la historia de las bibliotecas porteñas.
Este es un recorrido por algunas de las más fascinantes, con las historias comprobadas, las versiones que todavía se discuten y los datos necesarios para visitarlas.
La Biblioteca Nacional fue creada el 13 de septiembre de 1810, cuando el primer gobierno patrio todavía no tenía cuatro meses. Abrió al público en marzo de 1812, en la Manzana de las Luces, con el nombre de Biblioteca Pública de Buenos Aires.
Entre sus primeros fondos hubo libros donados por Manuel Belgrano, el Cabildo Eclesiástico y el Colegio de San Carlos. En 1884 recibió su nombre actual y en 1901 se mudó a México 564, un edificio que había sido proyectado originalmente para la Lotería Nacional.
Allí trabajaron los dos directores más famosos de su historia.
Paul Groussac dirigió la Biblioteca durante más de cuatro décadas y perdió la vista en sus últimos años. En 1955 asumió Jorge Luis Borges, que también estaba quedándose ciego.
Poco después de su nombramiento, los médicos le indicaron que dejara de leer y escribir. Borges volcó esa ironía en el “Poema de los dones”:
Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.
Borges permaneció al frente de la institución hasta 1973. Su despacho estaba en la sede de la calle México: nunca trabajó en el edificio de hormigón que hoy domina la barranca de Recoleta.
La Biblioteca Nacional actual ocupa el terreno del antiguo Palacio Unzué, una residencia que el Estado había adquirido para alojar a los presidentes argentinos.
Allí vivieron Juan Domingo Perón y Eva Duarte. Evita murió en una de sus habitaciones el 26 de julio de 1952.
Después del golpe de 1955, el edificio quedó vacío. La dictadura de Pedro Eugenio Aramburu ordenó demolerlo en 1958 y el terreno fue destinado a la nueva Biblioteca Nacional.
Ese mismo año, Borges había pedido una sede más grande. La colección ya desbordaba el edificio de la calle México y parte de los libros debía guardarse en depósitos externos.

El concurso arquitectónico se resolvió en 1961. El proyecto ganador pertenecía a Clorindo Testa, Francisco Bullrich y Alicia Cazzaniga.
Su idea alteraba el esquema habitual de una biblioteca: los depósitos quedarían bajo tierra y las salas públicas, elevadas sobre cuatro enormes apoyos de hormigón. De esa forma, la plaza continuaría por debajo del edificio y los lectores tendrían una vista abierta sobre la ciudad y el Río de la Plata.
Durante las excavaciones aparecieron restos de un gliptodonte, uno de los grandes mamíferos prehistóricos que habitaron esta región. Con el tiempo, el propio Testa empezó a comparar la estructura con el animal: los apoyos podían verse como patas y el volumen elevado como un enorme caparazón.
La obra atravesó cambios de gobierno, interrupciones y problemas presupuestarios. La Biblioteca fue inaugurada en 1992, más de treinta años después del concurso. Borges había muerto en Ginebra seis años antes.
La sala principal de lectura quedó en el quinto piso, rodeada de ventanales. En el sexto funciona una sala de acceso libre donde se puede estudiar con material propio. Los depósitos ocupan tres niveles subterráneos.
En el tercer piso se encuentra la Sala del Tesoro Paul Groussac, donde se conservan algunas de las piezas más valiosas de la Biblioteca.
Entre ellas hay un manuscrito de fines del siglo XIV con obras del filósofo francés Jean Buridan. Tiene tapas de madera recubiertas en piel y conserva la cadena con la que alguna vez estuvo sujeto a un mueble para impedir que alguien se lo llevara.
También se guarda una hoja de la Biblia de Gutenberg, incunables impresos antes de 1501 y materiales utilizados por Julio Cortázar para escribir Rayuela, entre ellos un plano del manicomio y una lista manuscrita de internos.
La Biblioteca conserva además más de 600 libros que pertenecieron a Alejandra Pizarnik, muchos subrayados, anotados y dibujados por ella, y fondos provenientes de las bibliotecas de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo.
La consulta directa de estas piezas está reservada a investigadores acreditados. Parte del patrimonio aparece periódicamente en exposiciones abiertas.

En enero de 1938, Borges entró como empleado temporario en la Biblioteca Municipal Miguel Cané, en Carlos Calvo 4319. Primero clasificó y catalogó libros; después pasó a trabajar como auxiliar en la hemeroteca.
La rutina le resultaba asfixiante. Según contó años después, sus compañeros hablaban de carreras de caballos, fútbol y chistes. Uno de ellos encontró el nombre “Jorge Luis Borges” en una enciclopedia y comentó la curiosa coincidencia sin darse cuenta de que tenía al escritor sentado al lado.
Borges procesaba los libros con tanta rapidez que otro empleado le pidió que hiciera menos fichas por jornada. Si mantenía ese ritmo, le explicó, los demás quedarían en evidencia.
Terminaba la tarea temprano y usaba las horas restantes para leer, traducir y escribir. De ese período son “Pierre Menard, autor del Quijote”, “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” y “La biblioteca de Babel”. María Kodama también situaba el origen de “Las ruinas circulares” en la terraza del edificio.
El viaje hasta Boedo formaba parte de esa vida. Borges aprovechaba los tranvías para estudiar italiano con una edición bilingüe de la Divina Comedia.
En 1946 dejó el puesto. En su relato autobiográfico aseguró que la Municipalidad quiso trasladarlo a la inspección de aves y conejos de los mercados. La historia se volvió famosa, aunque nunca apareció un documento administrativo que confirme aquel nombramiento.
La biblioteca fue restaurada en 2018. En la planta alta funciona el Espacio Borges, con su escritorio, una máquina de escribir, fotografías de Sara Facio y salas dedicadas a los años que pasó allí.
En el Palacio Sarmiento, más conocido como Palacio Pizzurno, funciona una de las bibliotecas históricas menos recorridas de Buenos Aires.
Fue creada por Domingo Faustino Sarmiento en 1870 como Oficina de Reparto de Libros. Con la Ley 1420 quedó consolidada como biblioteca pedagógica y adoptó el nombre de Biblioteca Nacional de Maestros.
Leopoldo Lugones la dirigió desde 1915 hasta su muerte, en 1938. Durante esos años amplió el patrimonio, organizó nuevas secciones y reunió ediciones antiguas que hoy forman parte de la colección Tesoro.
Su biblioteca personal sigue allí: más de 5000 libros, manuscritos, papeles y el escritorio donde trabajaba. Muchos ejemplares tienen anotaciones hechas con sus característicos lápices azules y rojos.
Entre ellos aparece un libro de geometría que Albert Einstein le regaló en 1925. Lugones acompañó al científico durante parte de su visita a Buenos Aires y ofició como uno de sus guías por la ciudad.
La Biblioteca también conserva libros publicados desde el siglo XVI, un acta de 1881 firmada por Sarmiento y una parte de la biblioteca personal de Alejandra Pizarnik.
La colección Tesoro requiere autorización y acompañamiento del personal. La sala de lectura de la planta baja está abierta a cualquier persona y tiene escritorios individuales, wifi y lugar para más de cien lectores.

La Biblioteca del Congreso de la Nación nació el 23 de agosto de 1859. Su primer fondo importante fue una colección de 620 libros que había pertenecido al mariscal Andrés de Santa Cruz, expresidente de la Confederación Perú-Boliviana.
Desde 1933 recibe por depósito legal ejemplares de las obras publicadas en el país. En 1948 fue elegida como biblioteca depositaria de las Naciones Unidas.
Sus salas están pensadas para usos muy distintos. La Sala Pública permite consultar el fondo general; la Sala Matera recibe a quienes llevan libros, apuntes o computadoras propias; también existen una Sala Parlante, espacios infantiles y juveniles y un servicio de préstamo a domicilio.
Su horario sigue siendo excepcional para Buenos Aires: la Sala Pública abre hasta las 23 durante la semana y también funciona los sábados y domingos.
El 15 de abril de 1953, durante un discurso de Perón en Plaza de Mayo, explotaron bombas colocadas por militantes antiperonistas. El atentado dejó muertos y decenas de heridos.
Esa misma noche, grupos peronistas atacaron e incendiaron distintas instituciones opositoras. Dos de los edificios alcanzados guardaban importantes bibliotecas: la Casa del Pueblo del Partido Socialista y la sede del Jockey Club de la calle Florida.
La Casa del Pueblo tenía una de las grandes colecciones vinculadas con la historia política y obrera argentina. El fuego destruyó decenas de miles de libros, colecciones de periódicos y buena parte del archivo de La Vanguardia. Las fuentes de la época no coinciden en la cantidad exacta de volúmenes perdidos.
En el Jockey Club funcionaba la Biblioteca Carlos Pellegrini, que había reunido 55.000 volúmenes. El incendio consumió casi toda su hemeroteca, junto con obras de arte, muebles y documentos del edificio. La mayor parte de los libros consiguió salvarse, aunque varios quedaron dañados por el agua.
Después de la intervención estatal del club, los ejemplares fueron depositados en la Facultad de Derecho y en el Museo Nacional de Bellas Artes. Años más tarde regresaron a la institución.
La biblioteca socialista fue reconstruida con el nombre de Juan B. Justo y se instaló en Avenida La Plata 85. En 1997 fue declarada Sitio de Interés Cultural de la Ciudad.

La red municipal permite leer, estudiar y consultar libros en distintos barrios de la ciudad. Para utilizar las salas no hace falta asociarse. La inscripción gratuita se necesita para llevar libros a domicilio y exige acreditar residencia en CABA.
Cada socio puede retirar hasta tres ejemplares durante treinta días. La red también cuenta con una biblioteca digital que presta libros electrónicos y audiolibros.
A este mapa se suman las bibliotecas populares, asociaciones creadas y administradas por sus propias comunidades. El sistema fue impulsado por Sarmiento en 1870 con la ley que dio origen a la actual Comisión Nacional de Bibliotecas Populares.
Muchas empezaron como pequeñas colecciones sostenidas por vecinos, sindicatos, clubes o sociedades de fomento. Algunas atravesaron incendios, clausuras y mudanzas; otras llevan más de un siglo atendiendo en el mismo barrio.
Horarios consultados en octubre de 2026. Como pueden cambiar durante feriados, vacaciones u obras, conviene revisarlos antes de salir.
El acceso a las salas generales es gratuito. Algunas colecciones históricas requieren acreditación como investigador, autorización previa o una visita especial.
La Biblioteca del Congreso tiene el horario más amplio: su Sala Pública permanece abierta hasta las 23 de lunes a viernes.
Sí, aunque cada institución tiene su propio sistema. En la red de bibliotecas de la Ciudad la asociación es gratuita y permite retirar hasta tres ejemplares durante treinta días.
Entre 1938 y 1946 trabajó en la Biblioteca Miguel Cané. Entre 1955 y 1973 dirigió la Biblioteca Nacional desde la antigua sede de México 564.
Conoció el proyecto y había reclamado la construcción de una nueva sede, pero murió antes de su inauguración. El edificio abrió en 1992.
Forman parte de colecciones patrimoniales con acceso restringido. Algunos materiales aparecen en exposiciones temporarias; para una consulta directa se necesita autorización.
Buenos Aires guarda libros en palacios, edificios de hormigón y salas de barrio. Algunos sobrevivieron al fuego; otros llegaron como regalos, donaciones o bibliotecas personales. Entre sus páginas quedaron las marcas de Borges, Pizarnik, Lugones, Cortázar y miles de lectores anónimos.
Varias de esas bibliotecas siguen abiertas todos los días. Alcanza con revisar el horario, llevar un documento cuando lo piden y entrar.
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